martes, 26 de agosto de 2014

yo juzgo, tú juzgas, él juzga...




Aunque el comentario de hoy parezca un trabalenguas, no lo es. Juzgar es algo tan difícil de evitar que nos perdemos mucho al hacerlo. Yo, aunque no tuve muchos problemas con este tema, cada vez lo hago menos. Aunque tiendo a juntarme con personas que tienen cosas en común conmigo, trato de no prejuzgar a quien no conozco. Quizás me pierda mucho cuando me he formado ya una opinión sobre alguien, ya que me resulta difícil cambiarla. A muchos nos gusta ir sobre seguro, es decir, juntarnos con aquellos con quienes coincidimos para evitar discusiones que pensamos no conducen a ninguna parte.

Incluso de aquellas personas que siento habitan en otro planeta, intento aprender algo. Muchas veces las escucho de una forma imparcial, como un juez que trata de hacer lo propio con los testigos. Para poder ponerme en esa posición tan difícil, antes tengo que haber echado por tierra todo prejuicio y, lo que es más difícil para cualquiera, todo juicio.  Suspender lo máximo posible juicio y prejuicio me resulta imprescindible para escuchar a personas que parecen hablar un idioma distinto al mío. Esta semana he tenido que hacerlo con mi padre y lo he conseguido. Te puedo asegurar que últimamente me sorprendo a mi mismo.

Hace algún tiempo una persona me juzgó muy duramente en público y sin venir a cuento. Aunque pareció no hacerme daño al momento, el veneno hizo su efecto al día siguiente. Me costó recordar la última vez que alguien me juzgó con tanta agresividad pero al final lo hice. Tenía dieciocho años, y fue mi padre quien se quedó, como se suele decir, más ancho que largo. El veredicto fue de culpable sin delito. Aquella vez tragué, lloré y me envenené. Años después me mordió con su veneno más de una vez hasta que dejé de sentir. Treinta años después todavía me estoy curando del veneno.

No olvidaré nunca la lección que aprendí de tan mala manera. No tolero ni toleraré la agresividad o el mal trato a nadie. Quien quiera juzgarme que aprenda a hacerlo con educación. Si, por algún motivo tiendes a buscar la paz, no confundas nunca la buena educación o las buenas maneras con el silencio. Puede que te acabes por convertir en el vertedero de la basura de los demás.





miércoles, 20 de agosto de 2014

un ataque de aburrimiento




La semana pasada me dio un ataque de aburrimiento repentino que me pilló desprevenido, mezclado con una sensación de cansancio físico que aparece muy de vez en cuando por el dolor. No fue una sensación normal y me bloqueó de una manera especial. Cuando me quise dar cuenta ya estaba dando vueltas a la cabeza y sin ser capaz de prestar atención a lo que me decía mi mujer. Como si, de repente, se cerrara un grifo y yo mismo viera que ha dejado de caer agua. Y con dificultades para volver a abrirlo.

Me he decidido a escribir este comentario por lo excepcional de la situación. La última vez que me ocurrió fue hace cinco años y pasé por una depresión que me duró seis meses. Supongo que la sensación fue tan llamativa que llegó a bloquearme porque durante cinco años no había sentido nada parecido. En menos de veinticuatro horas logré quitármela de encima. Cómo lo hice ha sido muy importante para mi porque, muchas veces, lo que uno es capaz de hacer una vez lo puede volver a repetir.

Al día siguiente llamé a un amigo de la asociación y le vomité lo que me estaba ocurriendo. No se lo conté simplemente porque era como un alien que necesitaba expulsar de golpe. Al hacerlo, el bloqueo casi desapareció al momento. La depresión suele comenzar de una manera tan sutil que cuando uno quiere darse cuenta ya se ha instalado en todo el cuerpo. Atajarla cuanto antes no resulta nada fácil. De hecho, es la primera vez que lo logro en mi vida. 

Aunque tengo la suerte de contar con una rutina diaria que me encanta, la rutina siempre es rutina y desgasta. Hubo otro pequeño truco que me funcionó. En lugar de hacer lo que llevo haciendo casi como un robot durante los últimos días, hice una pausa diferente en mi paseo diario en bicicleta. En lugar de ir directo al periódico de la mañana, me senté en un banco a contemplar la playa. Simplemente aquello me volvió a mi estado natural. Volví a sentirme bien y todo quedó en un susto. 

martes, 12 de agosto de 2014

¿te mueres de ganas?




Aunque las vacaciones son para descansar, este verano he pasado alguna tarde con amigos de la asociación con los que me gusta estar también fuera de las reuniones de Bilbao. Para mi son una oportunidad para seguir aprendiendo y un placer enseñarles lo que ya he aprendido. Dos placeres que se complementan muy bien y me hacen disfrutar especialmente de cada rato que paso con ellos. Les aprecio, y creo que ellos a mi también.

En una de las conversaciones, un amigo reciente me dijo que se moría de ganas por hacer algo que tiraba de él como tiran diez perros alaskianos de un trineo de nieve. Yo le dije tranquilamente:

 "Una de las muchas cosas que he aprendido sobre el trastorno bipolar es que cuando te mueres de ganas por hacer algo, tienes que aprender a no hacerlo". Al rato, mi amigo lo hizo.

Quizás ésta sea una de las mayores dificultades de una persona que todavía no tiene el suficiente control sobre sí misma y sus impulsos, y se siente muy vivo. Yo, aunque me siento muy vivo, no hago cosas que me moriría de ganas de hacer. Y me refiero a cosas aparentemente saludables y muy bien vistas socialmente. No las hago porque realmente no las necesito, y hacerlas podría poner en riesgo todo lo ganado. He aprendido lo suficiente para saber que con el trastorno bipolar dejar de ganar, a veces, es ganar el doble.

Mi naturaleza no es como la de los demás. Un médico puede hablar de enfermedad si quiere, yo simplemente diría que mi naturaleza condiciona mi vida de una forma diferente. Pero quizás no sea tan diferente de la de aquella persona que, sin haber pasado nunca por la consulta de un psiquiatra, cuida de sus hijos después de salir del trabajo o sale en el periódico por cualquier motivo. No hay ninguna persona en el mundo que no esté condicionada por su naturaleza. Con trastorno bipolar o sin él. En nuestro caso particular, hay determinadas cosas que yo me prohíbo hacer con placer. Aunque parezca una contradicción, puedo hacerlo porque me siento muy bien y como pez en el agua. De momento seguiré nadando mientras pueda. Y, si necesito algún día patas para reptar, ya veré cómo lo hago. Si me he reinventado una vez, puedo hacerlo más veces.

lunes, 4 de agosto de 2014

¿puede la enfermedad cambiar?




El otro día una persona diagnosticada con trastorno bipolar decía en un guasap que la enfermedad no iba a cambiar. Ojalá se equivoque. La enfermedad puede cambiar o no. Puede cambiar a mejor o a peor. Y puede hacerlo porque el cerebro puede cambiar a través del aprendizaje y la experiencia. Justamente mi aprendizaje y mi experiencia es lo que comparto en este blog contigo. La enfermedad puede cambiar porque el cerebro puede cambiar.

Aunque no me gustaría utilizar este blog para hablar de ciencia con frecuencia, no puedo evitar hacerlo. Ya que los profesionales de la salud no lo hacen a menudo, lo haré yo de vez en cuando. El trastorno bipolar puede llegar a ser una enfermedad grave y crónicamente grave. Por este simple motivo, nunca relativizo la posible gravedad de la enfermedad. Como eso ya lo sabemos casi todos, me gusta ir más al grano. Aquí tienes mucho más de lo que se puede encontrar en una web que hable de síntomas. Si tiene algún valor no lo decido yo, lo decides tú. A mi me sirve tener en cuenta todavía muchos de los comentarios aquí escritos. Algunos estoy seguro de que son determinantes para seguir sintiéndome bien y disfrutando de la vida. 

Si la enfermedad no cambiara no hubiera podido ser testigo del cambio de muchas personas en la asociación de Bilbao. Ni yo podría sentirme como me siento hoy en día y desde hace cinco años. Y no hablo de pequeñas mejorías, sino de cambios radicales. Tan radicales, que algunos ya no necesitan aparecer por las reuniones de Esperanza Bipolar. Si la enfermedad no pudiera cambiar, ellos no podrían sentirse como se sienten ni hacer la vida que hacen. La enfermedad no es algo ajeno a tu vida. Cambia y se transforma con ella. Hay tantas cosas que se desconocen como otras cosas que se dan por sentado sin conocerse de verdad. Evidentemente el trastorno bipolar tiene una base biológica y no es una invención del los psiquiatras. De ahí a que la consideren como la diabetes sin tener mucho en común con ella me parece un ejercicio de imaginación que sólo puede servir para que los pacientes se la tomen en serio. Algo que, por cierto, no me parece nada mal.