miércoles, 15 de enero de 2020

todo vuelve a la calma y vuelvo a dormir bien



Hoy vuelvo a ver a Isabel. Ella fue mis ojos, mis manos y mis pies durante más de diez años. Yo no hubiera necesitado tanto, pero ella es así. También fue el corazón de nuestros/mis hijos Raquel y Roberto.

Dejó gran parte de su vida en nosotros, hasta hacerse daño. Un tiempo después, aprendí a ponerla delante de mí y a complacerla. Ahora me toca regalarme porque sé que su gran ilusión comenzaba a partir de ahora. Un imprevisto nos obligó a estar separados, pero estar separados no es no seguir juntos. Un cambio necesario para ella también es un cambio necesario para mí. Vuelvo a dormir bien, y vuelvo a no necesitar pastillas.

En los últimos doce años pocas veces he dormido mal por culpa del estrés. Distinguir el trastorno bipolar y mi naturaleza me resulta imposible. Al principio de nuestra relación tuvimos varios problemas y alguna vez me fui a la cama con la cabeza como una locomotora. 

Luego fui aprendiendo a quererla cada vez más, y cada vez me subía menos por las paredes. Me costó mucho tiempo aprender a evitar perder el control por cosas que ahora sé que no eran tan importantes. Últimamente sólo me he calentado la cabeza en situaciones muy límite en las que cualquiera hubiera echado humo. Sé que no soy la misma persona que antes, a veces, ni me reconozco. 


miércoles, 1 de enero de 2020

empiezo el 2020 peor que como empecé el 2019



Hace años me sentía un hombre afortunado porque estaba vivo. Cuando se lo dije a una mujer que me quiso bien se quedó helada. Ella sabía por lo que había pasado y me soltó sin pensar:

-¿comparado con quién?. ¿Con Kunta Kinte?

Kunta Kinte fue un hombre secuestrado y vendido como esclavo.

Mi vida ha sido de todo menos fácil. Me siento feliz a pesar de que a mi alrededor se derrumbó lo que más quería y hoy las lágrimas asoman a mis ojos. Los mismos ojos que vieron el amanecer del año nuevo que ves en la fotografía.

Me he dedicado los dos últimos dos años a las personas que más quiero. El 2019 me ha regalado ver a mi mujer y mi hija sonreír cuando antes estaban destrozadas. 

Si he tenido que sufrir tanto para poner mi montaña de arena, lo doy casi por bienvenido. No tengo ni idea de cómo será mi futuro ni me preocupa. Hace tiempo que sé lo que siento, lo que es importante para mí, y quién es importante para mí. 

Las circunstancias habrían forzado a cualquier persona a acabar con todo y con todos hace dos años. A veces dudo si me queda algo de humanidad. Sólo lo sé porque ahora lloro.